Cómo celebraban Pesaj (Pascua) en los pueblos de Europa? Papá (Z’l, que recordarlo sea bendición) nos contaba los mismos episodios casi todos los años y no sé cómo, de sus labios siempre salían como nuevos. Los primeros recuerdos eran relatos de un pueblo en Polonia a 15 kilómetros de Varsovia, a comienzos del siglo XX. Hace algunos años ese pueblo se llama Legionovo, pero en ese entonces era simplemente el pueblo de la estación de tren de la ciudad de Jablonna. Encontramos al pueblo y la estación de tren en 1994, cuando busqué en Polonia las huellas de papá, pero la casa donde él vivió, ya no está.
En el pueblo, la vida de familia transcurría de acuerdo al calendario hebreo. Antes de Pesaj, hacían una limpieza a fondo de toda la casa, blanqueaban las paredes con cal.
-Siempre dejábamos una franja de pared sin pintar, en recuerdo del Templo de Jerusalem, insistía papá.
-Los hombres preparaban la matza (la galleta sin levadura) para la festividad, en un horno para todo el pueblo. Todos los hijos varones participaban, ¡esa no era tarea para mujeres!, decía papá. Preparábamos una y otra vez, pocas cantidades de harina. ¡Nada de máquinas de amasar! Formábamos galletas mucho más gruesas de las que se hacen hoy en día, entre uno y medio a dos centímetros de alto. Todo el proceso se hacía a mano, amasado, estirado con palote de madera, marcado de la masa y puesto al horno , rápido, ¡ no más de 18 minutos por reloj desde que se mojaba cada pila de harina, para que no empezara a fermentar!
Una vez le pregunté cómo sabían que a los 18 minutos comenzaba la fermentación de la masa. Papá podía dar contestaciones inesperadas.
-¡Todos lo saben!, me contestó.
-Después de horneada, traíamos la matza a casa y la dejábamos apilada en el escritorio de Padre, tapada con una sábana. Ese cuarto quedaba cerrado y prohibido para todos hasta la noche del Seder (la cena de Pascua), para evitar que aún “por equivocación”, lleváramos allí una miga de pan. ¡Ja! Y papá se reía, recordando.
– Mi madre y mis hermanas rallaban papas para preparar el almuerzo anterior al Seder, contaba papá. A la hora del almuerzo, el primero que tomaba un “latke” (panqueque frito) de papa, siempre decía lo mismo: “Hoy no podemos comer pan, porque todos los restos de pan leudado se quemaron esta mañana y tampoco podemos comer matza porque no la podemos tocar hasta la cena del Seder. ¡Es una desgracia con suerte! ¡Porque hoy el ama de casa nos preparó “latkes” de papa para la comida!
A esa mesa se sentaban todos los días, unas veinte personas. Hijos, tíos, empleados del taller de sastrería de mi abuelo, ¿Cuántos latkes tendrían que preparar? Le pregunté a papá cuántas papas pelaban para ese almuerzo.
-¿Pelar las papas? ¿Cómo se te ocurre? ¡Lo más rico de los latkes de papas son las cáscaras!
-La cena de Pesaj es siempre tarde en la noche, decía papá. Mientras éramos niños, mamá nos daba de comer temprano, en la cocina. En la cena, Padre leía y cantaba en hebreo, y nos daba las explicaciones en Idish. Yo como hermano mayor, les hacía ensayar a mis hermanitos las cuatro preguntas tradicionales de la fiesta, desde varios días antes. Ya en la cena, hasta recitar las cuatro preguntas, todos los hermanos estábamos despiertos. Después íbamos cerrando los ojos para acabar durmiendo en nuestro asiento. La mayor diversión mía y de mis hermanitos era esconder el afikoman, recuerda papá, para que Padre nos tuviera que prometer unas cuantas monedas de regalo con tal de obtenerlo para finalizar la ceremonia . Era un juego, pero Padre lo hacía parecer una negociación seria, conmigo de hombre a hombre, aunque yo era un niño. Yo tenía que prometer a mis hermanos quedarme despierto hasta el final de la cena, para obtener la promesa de las monedas. Claro que Padre no me las podía dar las monedas en la fiesta, pero me daba su palabra.
-¿No te dormías antes del final?
– ¡Muchas veces! Pero mi tío menor me despertaba, ¿qué te crees?
-Una vez, llegaron unos pocos soldados judíos al regimiento del Zar estacionado junto al pueblo, contaba papá. Se acercaba Pesaj y los vecinos consiguieron convencer al comandante del regimiento que esa noche diera libre a esos soldados judíos para celebrar el Seder. Ahí vino otro problema, porque los vecinos se peleaban para tener esos huéspedes en su casa. ¿Qué se podía hacer para no ofender a nadie? Finalmente se decidió alquilar el salón más grande de todo el pueblo para celebrar juntos todos los vecinos judíos con los militares invitados. ¡Era medio pueblo celebrando el Seder! Fue la fiesta más alegre que recuerdo de mi niñez.
En 1914, papá cumplió 11 años y comenzó la Primera Guerra Mundial. Los muchachos comprendieron muy rápido lo que significa la guerra: no se consigue comida. La familia no se pudo quedar en el pueblo. Viajaron en carro de caballos hasta Varsovia, donde consiguieron alquilar un apartamento. Pude encontrar en lo que ahora es el el museo al aire libre del gueto de Varsovia, la placa en una columna con el nombre de la calle “Karmelicka”, donde vivió la familia de papá en ese entonces. Allí no queda nada más.
Pocos meses después de llegar a Varsovia, escapando del frente de guerra y la gran escasez de comida, la familia decidió irse a Vilna. Consiguieron pasaje de ferrocarril, y cuando llegaron a destino, todos sus muebles y baúles enviados en el vagón de carga, ¡no aparecieron! La ciudad estaba llena de refugiados de guerra, sólo pudieron consiguieron alquilar unas habitaciones en una granja de las afueras.
– Nos rodeaban campos sembrados de papas, pero papas para comer… no había. Padre fue con el carro del granjero a buscar alimentos y lo único que pudo encontrar fue una bolsa de porotos blancos. Recuerdo la cara de mamá cuando vio a Padre entrar con esa bolsa a nuestras habitaciones.
-¿Se pueden comer porotos en Pesaj? Preguntó mamá.
-Iremos a preguntar al Rabino, dijo Padre.
-El Rabino dijo que nuestros antecesores en el Exodo de Egipto comieron matza, porque ese fue el pan que pudieron conseguir. Si en esta Pascua en que rememoraremos el Exodo sólo conseguimos porotos, comamos porotos. Pero sin dejar nada en la olla para el otro día, pidió el Rabino.
-¿Para qué no fermentara? Pregunté.
-No. Para no tirar comida en tiempos de escasez.
-Nunca me gustaron los porotos, recuerda papá. Mi madre los cocinó sólo con agua. Pero ¡qué ricos estaban! ¡Con qué gusto los comimos en esa semana de Pesaj! Había gente que ni eso tenía…
Seis meses después, el frente de guerra se acercó a Vilna y la familia consiguió nuevo pasaje de ferrocarril que los sacara lejos de las bombas incendiarias de la aviación alemana. Ya sin muebles ni baúles, este viaje resultó fácil de arreglar. Viajaron varios días, dos mil kilómetros hasta llegar a Vitebsk, en el Norte de Rusia. Fue en esa ciudad que papá tuvo su bar mitzvah (la ceremonia al cumplir 13 años el varón judío). Allí estaban cuando estalló la revolución bolchevique, que sumió a Rusia, durante algunos años, en la mayor hambruna que conoció papá.
-Todo lo que las granjas producían pasó a ser propiedad del Estado, pero la comida de las granjas no llegaba a las ciudades, contaba papá. El dinero había perdido todo su valor, la gente cambiaba lo que tenía por comida. Los granjeros hacían sin hacer ruido, intercambios directos con quienes se llegaban hasta las granjas, no daban más de cuatro kilos por persona de papas o de cereal, para evitar que los llevaran presos si los pescaban. Muy poco de esa mercadería se conseguía en el mercado negro de Vitebsk.
-Mi hermana Tauba y yo eramos los mayores de los diez hermanos .Yo tenía 16 años y mi hermana Tauba, 18, cuando decidimos empezar a viajar en tren hacia las zonas rurales del Sur de Rusia, cada viaje con distintos destinos, buscando comida en las granjas. Viajábamos a veces hasta Ukrania, para conseguir comprar algo bueno. Bajábamos del tren en localidades pequeñas y empezábamos a caminar y preguntar de una granja a otra. ¡Gracias a esos viajes se acabó el hambre en nuestra casa! No fue tarea nada fácil, pero había que hacerlo.
-Se acercaba Pesaj, Tauba y yo decidimos viajar al Sur dos días de tren, para buscar harina de trigo con que preparar matzá, el pan ázimo de la fiesta. Nos costó encontrarla, pero ¡conseguimos buena harina en una granja! Subimos con nuestro “tesoro” en las bolsas de mano, a un tren tan lleno que no había lugar ni para una aguja. Nadie nos hizo lugar. Tauba y yo nos tuvimos que quedar en la plataforma exterior del vagón, con las bolsas junto a nosotros. Tauba empezó a llorar de frío. “No siento las piernas” me dijo. “Me estoy congelando”. En cada parada, las estaciones de tren tenían la estufa prendida, pero no bajaba nadie, para no perder su lugar en el ferrocarril. Hice bajar a Tauba en cada estación, para calentarse, y yo me quedé en la plataforma exterior del tren toda la noche, cuidando nuestros bolsos y dando patadas para no congelarme. Ah, ¡pero gracias a ese viaje, mi familia pudo preparar matzá de primera para nuestro Pesaj! ¡Fue el mayor lujo que pudimos darnos en esa época! ¡Y lo conseguimos Tauba y yo!
Esther Mostovich de Cukierman
1 En sus cuentos, Papá, Hershel Mostovich, Z´l, hablaba de su Padre, Moisés Mostovich ,Z’l , mi abuelo. En mis relatos de la familia, muchos de ellos incluidos en mi libro “Inmigrante, tras las huellas de mi padre”, he tenido cuidado en nombrarlos de esa misma manera.
2 Idish. Idioma alemán medieval, mezclado con palabras en hebreo y algo de otros idiomas europeos, todo escrito en letras hebreas, que fue idioma diario, hablado y escrito durante los últimos mil años en las comunidades judías de Europa Central y Oriental.
3 Afikoman. En idioma griego es “postre”, final de una comida, elaborado de manera exquisita en la tradición de los banquetes griegos. En la Pascua hebrea, es tradición distribuir entre los asistentes, como “postre” simbólico y final de la comida, la galleta de matza que se bendice al principio de la cena de Pascua.” Porque no hay nada más dulce que la libertad”.
Cuentos de Pesaj
07/Abr/2017
Por Esc. Esther Mostovich de Cukierman, para CCIU